Cinco
años después del fracaso que supuso Speed
Racer, los Wachowski
vuelven a la gran pantalla con una adaptación del libro homónimo de
David Mitchell, proyecto complicado que necesitó tres años de
trabajo, mucha financiación independiente y la colaboración de un
tercer director, Tom Tykwer, dando como resultado un blockbuster
demasiado extraño para el gran público que fue vapuleado en
taquilla y crítica. Sin embrago, soy de la opinión de que la
película se revalorizará con el paso del tiempo y mantendrá un
huequito en la memoria cinéfila, pues aunque muy pretenciosa e
irregular, esta película es también bastante interesante y
personal.
Más que un
mosaico de seis historias diferentes, nos encontramos ante una
historia narrada simultáneamente en seis tiempos históricos
(mediante un hábil montaje y narración en off de distintos
personajes) distintos en los que distintos personajes pero mismas
almas viven diferentes conflictos en los cuales subyacen las mismas
necesidades y problemas y cuyas acciones afectan a sus antecesores y
a sus descendientes, estando conectadas entre sí de múltiples
maneras y teniendo la una constancia de la anterior mediante un
testimonio escrito o audiovisual dejado por algún personaje (algunas
de ellas un poco cogidas por lo pelos). Estas historias combinan
elementos populistas como humor, drama y acción a tiros como
filosofía y religión, típica mezcla Wachoskiana, resultando
confuso distinguir todos los conceptos que ofrece. El filme cuenta
con una gran escenografía y aspecto técnico y una maravillosa banda
sonora, sin embargo en la herramienta utilizada para conectar más
las historias y dar a entender el concepto de la reencarnación
radica una virtud de la película, pero también su mayor defecto:
apenas diez actores interpretan a todos los personajes, teniendo Tom
Hanks un personaje en cada historia e interpretando algunos de ellos
papeles del sexo opuesto. Eso es un acierto para interconectar
sucesos y resulta entretenido intentar reconocer al actor bajo cada
personaje, pero esto se logra mediante maquillajes un tanto
grotescos.
Pero si
digo que es una historia en seis tiempos es, en parte, otro defecto
importante: ninguna historia funciona por separado, siendo también
irregular la importancia y el carisma de las mismas. En ellas
encontramos interpretaciones flojas en general, así como violencia
gratuita en cuatro de ellas y sobre énfasis emocional mediante
música. La historia de Cavendish resulta infantil en su humor y
desentona con el resto, la historia de Sonmi está cargada de clichés
de ciencia ficción totalitarista y los arcos emocionales de la de
Frobisher resultan pobres en su gradualidad, produciéndose los
cambios a trompicones. La épica que impregna el conjunto, aunque
lograda en su mayoría, resulta pretenciosa por momentos y algo
azucarada a la hora de concluir.
Sin
embargo, nos encontramos ante un conjunto sugestivo que a pesar de su
larga duración mantiene el interés. Particular taquillazo de arte y
ensayo de varias lecturas y muy disfrutable, a pesar de no ser la
gran película que quiere ser y podría haber sido.